Realmente la lectura de "La aventura de ser maestro” me ha permitido recordar cómo fue la manera en que inicié mi labor después de haberme formado en la Escuela Normal.
Indudablemente, cuando se está frente a una realidad lo aprendido en la escuela es difícil de aplicar, en mi caso particular cuando empecé a trabajar, lo hice en una comunidad pequeña, la escuela era unitaria y por tal motivo me tocó atender los grados de primero a quinto de primaria, con pocos alumnos en cada uno de ellos, pero al fin de cuentas tenía cubrir el programa; además debí cumplir con las funciones de directora y conserje.
El hecho de estar en un lugar desconocido y sentir el compromiso tan grande de hacer bien mi trabajo, fue en ese momento, una gran tensión. Cierto es que en la escuela se nos dijo que saliendo a desempeñar nuestra labor cabía la posibilidad de encontrarnos en esta situación, pero desafortunadamente el imaginarnos como el maestro ideal y el vivir como el maestro real están muy distantes el uno del otro.
Creo que como se indica en la lectura, los principales obstáculos a los que nos enfrentamos en esos primeros momentos, es buscar la manera adecuada de comunicarnos con nuestros alumnos, el hecho de saber qué decir y en qué momento decirlo es una gran interrogante, al igual que el hecho de saber escuchar a los chicos en su debido momento.
Por otro lado, la cuestión de la disciplina también es motivo de preocupación, ya que es evidente que, sin una previa organización para desarrollar un trabajo es difícil llevarlo a cabo.
De esta manera pues, el ejercicio de la profesión se va desarrollando como un aprendizaje de “ensayo y error” en donde se buscan diversas alternativas para desarrollar el trabajo de una mejor manera; y es aquí precisamente, donde esa vocación que nos llevó a elegir esta carrera nos indica que debemos disfrutar continuamente con lo que hacemos: “hacer pensar y hacer sentir”.
Sin duda existen también dentro de nuestro quehacer educativo una serie de problemáticas que en ocasiones dificultan nuestra labor por ejemplo, en cuántas ocasiones lamentamos el no tener los recursos más elementales para trabajar en nuestras aulas como un mobiliario adecuado, fuentes de investigación para los alumnos, etc.
Otra de las situaciones que son motivo de malestar, son las continuas reformas que se hacen en el ámbito educativo y que en muchas ocasiones se llevan a cabo como un mero requisito en cada sexenio de gobierno. Aunado a lo anterior, se puede hablar de la poca participación que tenemos quienes nos encontramos frente a grupo. De antemano existe la conciencia de que la educación no es estática y que requiere cambios de fondo que permitan enfrentar los retos de las sociedades actuales, pero considero que son importantes las aportaciones que pudiésemos hacer quienes estamos inmersos directamente en este proceso.
Actualmente, los sistemas de información a los que tienen acceso los alumnos tienen un gran alcance y en muchas ocasiones y contrario a lo que se pudiese pensar, resuelven de manera poco eficiente las tareas de los estudiantes, en el momento en que ellos sólo se concretan a “bajar” de internet una información solicitada en clase sin hacer un previo análisis de la misma.
Recordando un poco el valor que se tenía de la profesión en la comunidad en que inicié mi trabajo y del que se le da actualmente, no sé si por desarrollarla en el ámbito urbano, advierto una gran diferencia; actualmente el papel del maestro no es reconocido como en épocas anteriores por la sociedad.
En general y de acuerdo a las participaciones de mis compañeros puedo comentar que, efectivamente, la formación que se nos da en la escuela no nos garantiza un desempeño perfecto en la práctica porque todos sentimos temores al iniciar.
Cierto es que los que desempeñamos la función docente, contemos o no, con ese tipo de formación inicial sólo realizaremos nuestro trabajo de una manera eficiente si por principio de cuentas queremos lo que hacemos.
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